domingo, 8 de julio de 2007

EL LÁTIGO

Agita en el aire la correa trenzada de elásticos como un látigo magiar; con las dos manos, cada una en un extremo, tira y la tensa. La pone a punto, y con ella mi espalda y mi culo golpea. Se siente poderoso, realizado. Zas, zas, zas, de aquí para allá. Zas, zas, zas.

¡Qué dolor! Tengo cinco años.

Zas, zas, zas, de aquí para allá. Zas, zas, zas ¡Qué dolor! Tengo seis años.

Zas, zas, zas, de aquí para allá. Zas, zas, zas ¡Qué dolor! I’m seven years old.

Es mi padre quien me golpea.

Mi madre, muda, hace croché frente al televisor -zas, zas, zas-; tiene un aspecto saludable, todos la admiran, en su familia causa sensación, cada sábado va a la peluquería ¡coqueta ella!

No sangro, sólo lloro compungido, sólo lloro compungido.

Él yace en la cama maniatado, entubado. Mi madre me llama por teléfono. Atravieso la ciudad en el bus, le introduzco la sonda, y le aspiro, le aspiro y le digo: see you late, caballero.

2 comentarios:

Carmen Marina Rodríguez Santana dijo...

Tan tremendo y real que debiera ser ficticio. La visión de los enfermos desvalidos tiende a causar conmiseración pero también los monstruos tienen un final. Y el hijo aún se acerca a aspirarle. Por otro lado, la madre tejía su cobardía con los puntos del croché. Me ha gustado muchísimo, Makiavelo. ¡Enhorabuena!

Makiavelo dijo...

Gracias Carmen, es tan real como la vida misma.