sábado, 31 de mayo de 2008

EL NIÑO MOCO

Calamar observaba con cautela desde su bien blindada atalaya a los huéspedes sempiternos en la sala de baile. Todos estaban pendientes de la hora en la que los invasores, con el consentimiento del indulgente doctor, aparecerían en la pista. Alrededor de las ocho de la tarde tuvo lugar el avistamiento de luces extrañas que anunciaban la tan ansiada visita.

No procedían de Ganímedes ni de galaxias recónditas, arribaban de Las Pajanosas, barrio de la otra punta de la ciudad. Las extrañas luces resultaban de los faros destartalados de vehículos que a modo de carrozas llegaban cargados de maromos y minas dispuestos a alegrar la vida un día a la semana a los residentes siempre agradecidos. Con antelación prematura, cada cual tenía elegida su pareja para el baile, que entre arrumacos y deslizamientos imprevisibles colmaban de dicha la duración del evento.

En ocasiones, el disfraz de tuno era más que suficiente para que las mentes privilegiadas se adjudicaran aventuras de ensueño con hidalgos cuyas labores cotidianas no iban más allá del mero funcionariado de ocho de la mañana a quince de la tarde. Mientras los mayores se hacían ilusiones durante el par de horas que duraba la terapia del baile, los pequeños, los más inocentes, permanecían enjaulados resolviendo teoremas, raíces cuadradas y algunos, incluso, aspirando a ser artista como el caso del Niño Moco.

Moco, simplemente Moco, así empezaron a llamarlo cuando se dieron cuenta de sus habilidades y destrezas. Con su deditos describía curvas espaciales de ciento ochenta grados. Hurgaba en lo más recóndito de sus fosas nasales buscando estalactitas y estalagmitas, preciados minerales, y con la materia prima que sacaba generaba entre las yemitas de sus dedos bolitas que iba esparciendo en los caminos por los que deambulaba a modo de cebo para ver si atrapaba con ellas algún pajarillo. Lo hacía sin saber en principio muy bien el qué y el por qué. Calamar, tras un concienzudo estudio, concluyó que todo comenzó por mímesis de sus compañeros: los más adelantados de la clase que hacían filigranas y figuritas parecidas a las de mazapán pero con menos contenido dietético y un sabor dulzón.

Su Omá, restauradora para más señas, pensó que el niño podía llegar a ser artista después de haber visto los cuadros de Miquel Barceló, y emplearse a fondo en restaurarlos con cintas adhesivas de la marca fixo, ya que el susodicho por muchos considerado artista utilizaba, según las malas lenguas, detritus y materia viva en sus obras plásticas que con el tiempo llegaban a descomponerse en directo delante de los boquiabiertos, dotando a muchos de sus cuadros de un aspecto estercoleril.

El niño Moco pretendía con sus habilidades llegar a ser igual de famoso que el pintor mallorquín, y entretanto llegaba su hora, envasaba en tarros de cristal el preciado material que atesoraba. Con los excedentes recreaba esculturas abstractas con las que decoraba los bajos de los muebles: mesas y sillas eran su perdición, ya que debajo de las mismas realizaba sus instalaciones posmodernas con ciertas reminiscencias excrementosas, a las que a pocos se les reservaba la contemplación; sólo los incautos tenían acceso a ellas cuando por desconocimiento palpaban en ocasiones el reverso de los muebles descubriendo estupefactos la obra inédita del pequeño. Eran esos descubrimientos, también llamados cascarrias, los que el doctor Calamar se encargaba de fotografiar y catalogar para impregnar el subconsciente colectivo.

Al doctor Calamar le pareció extraordinaria la habilidad de Niño Moco que comenzó a vislumbrar en sus obras cierto toque transcendente, planteándose promocionarlo anualmente en la Feria de Arco y buscar el reconocimiento de los galeristas expertos, caso de Eva y del afamado Manolo Escobar, inversionista en arte.

16 comentarios:

Carlos Paredes Leví dijo...

El mundo del arte contemporáneo es tan particular que es fácil pronosticar un futuro de vino y rosas para el Niño Moco. Sólo le hace falta un poco de marketing y listo. Ya sabe usted que hoy en día, algunos llamarn arte a todo lo que sea distinto, aún cuando no sea más que sustituir la plastilina por una material igual de moldeable pero con mayor flora bacteriana.
Me hizo gracia el nombre del barrio pero no entre en detalles, que me hago una idea de sus habitantes...
Un saludo, Maestro.

Makiavelo dijo...

Los tiempos de Miguel Angel pasaron a la historia. Mucho de lo que se pretende vender como arte se consigue con estrategias más de inmobiliaria que de auténtico criterio.

Las Pajanosas existe, tiene además Oficina de Turismo, éste es su número de Tlfno: 955 78 11 06.

Saludos

Sibyla dijo...

Yo he conocido a otros niños mocos, que lo único que sabían hacer con las estalactitas y estalagmitas de sus fosas nasales, era llevárselas a la boca y degustarlas, como si se trataran de deliciosos bombones. Lástima de exposiciones que se han perdido...

Saludos para el Dr Calamar!

Un abrazo:)

Makiavelo dijo...

Sibyla, parece una costumbre que viene de antaño.
Esos arqueólogos nasales que conociste no tenían vocación de artista, una pena.
Sin embargo abundan los mocosos entre los artistas.

Abrazos.

Laluz dijo...

Qué chancho asqueroso!!!
Si sigue con esta progresión, me da terror imaginar el siguiente post!
Me gustó igual, el post digo, el post!!!!
Podría aclarar que el niño Moco, cuando más se inspiraba ya adulto, en sus obras, era cuando estaba en el coche, esperando en algún semáforo

atikus dijo...

Seguro que el niño moco triunfa, hace poco vi un reportaje en Soitu, de un tipo que coleccionaba sus pelusas del ombligo y las catalogaba, así que de todo tiene que existir en el mundo NO??

Saludos

Ichiara dijo...

El Niño Moco era un espabilao que se percató desde pequeño de las potencialidades mercantiles de la materia orgánica de su nariz en este mundo de detritus artísticos. Y Calamar, listo como nadie, lo sumó a su nómina de iluminados. Debe estar forrao con tanto genio alrededor...

Por otra parte, Sr Makiavelo y Sr Leví, Las Pajanosas es un pueblo de Sevilla al que iba yo de pequeña con mis padres a comer conejo con tomate en la venta que está a la entrada ddel pueblo, donde, por cierto, tenían una escultura muy curiosa: un coche elevado a unos 15 mts de altura sobre un pilar de hierro. El vehículo tenía los cristales de poliéster de colores, acoplados allí por mi tío Emilio, pintor y escultor.

Los de Las Pajanosas se llaman venteros. Y ya no me acuerdo de más.

Y Tú, Maki, de qué conoces el pueblo? o es que te sonó llamativo el nombre?

Un beso

Makiavelo dijo...

Laluz, si de mayor sigue con esa patología, no quiero ni pensar como tendrá los bajos del asiento del conductor.

Besos.


Atikus, me has sorprendido con la noticia. No estaba preparado para ello. Me queda el consuelo de que de todo hay en la viña del Señor.

Saludos.


Isabel, El Niño Moco de momento no suena, igual sólo se quedó en entelequias mentales, de todas formas el Miquel creo que ha dejado de pegar en los cuadros la basura que se encontraba en las playas y se emplea ahora con la cerámica que es más duradera.

Me acordé de "Bienvenido, Mister Marshall" y del pueblo. Amén de que me parece muy original el nombre.
De momento no tengo planificado ningún viajecito al mencionado lar.

Todo es ponerse.

Besos y la bici...?

Literófilo dijo...

Que buen, buen guiño burlista a eso que llaman arte contemporaneo, una brazo y perdona la demora.

Raquel Barbieri dijo...

¡Me encantó la historia del Niño Moco!... ahora, fíjate qué trabajo que se tomó el Dr. Calamar en sacar fotografías y hacer un catálogo de las esculturas moquiles. Parte del encanto de la obra del joven radica (para mi morboso gusto) en los recónditos sitios elegidos para sus esculturas abstractas, las que no cabían ya en los frascos.

Imagino como unos tipitos finitos y con sombreritos hechos por el Niño Moco.

Un beso, Maki :)

Makiavelo dijo...

Líterófilo, me alegro de verte. Como bien sabes hoy hasta las cagarrutas y los esfínteres son considerados obras de arte.

Saludos.


Raquel, al doctor Calamar no se le va una, donde pone el ojo pone la cámara.
No te sorprendas que cualquier día
podemas ver una de las exposiciones en internet.

Besos.

mera dijo...

Estoy seguro que Moco tendra un exitoso por ir, que es el por-venir de los autistas. Por lo que se vé la telapia del Dr. Calamar es un éxito. Para cuando un cuadro de baile en Miraflores?, podrían hacer "performances" mientras el genio pare su obra.

Andrés dijo...

El niño Moco tiene un estilo muy pegadizo.

Makiavelo dijo...

Mera, Calamar está intentando convencer a cierto galerista para que le ceda el espacio temporalmente.
Tal vez se produzca el milagro y al tiempo que unos bailan, otros con sus dedos creen ARTE.

Saludos.


Andrés, gracias por tu visita. El moco es además una sustancia adherente.

Saludos.

Eva dijo...

JAJAJAJA Mi querido Makiavelo, hace usted honor a su nombre con este sibilino y acertadísimo texto. He estado unos días de viaje físico y blogoesférico y créame que nada me ha gustado más para reengancharme de nuevo que este delicioso post.

Manténgame informada de los avances del niño Moco, con esos materiales tan personales no nos sería dificil organizarle una buena exposición. Cantidad y calidad a tan bajo coste me parece una buenísima inversión.

Un abrazo, maestro.

Makiavelo dijo...

Eva, con el niño Moco tenemos varios proyectos compartidos. Pronto sabrás más de él.

Besos.